Redes sociales y política: dos formas de comunicar que disputan el sentido de la identidad argentina

Mientras un sector construye comunidad desde el streaming con códigos, joda y bandera, el otro eligió el látigo digital como estrategia de Estado. La diferencia se nota, y se puede medir.

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Por Tom Roth.

Hace un tiempo que la discusión política de fondo en la Argentina no se da tanto en el Congreso como en un stream. Gelatina, Blender, Carajo, La Misa: la batalla cultural se mudó a YouTube y a Twitch. Y ahí, más que en ningún otro lado, se nota la diferencia de fondo entre dos formas de pararse frente al país.

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La topadora libertaria: el odio como estrategia

Cuando Daniel «Gordo Dan» Parisini presentó Las Fuerzas del Cielo en San Miguel, la definió sin vueltas como el «brazo armado» del espacio libertario. La estética marcial del acto y las consignas recibieron comparaciones con la imaginería fascista, y terminó en una denuncia penal por incitación al odio y a la violencia. No fue un exceso aislado: distintas investigaciones periodísticas vienen documentando un patrón de doxxeo sistemático contra periodistas y contra cualquiera que se corra del libreto oficialista, con una cuenta que señala y otras que después publican datos privados del blanco.

En ese mismo universo aparece Marco Palazzo, uno de los influencers libertarios más jóvenes y también más resistidos: reivindicó como «injusta» la condena al jerarca nazi Adolf Eichmann, cuestionó a Diego Maradona hasta por el gol más sagrado del imaginario popular, y llegó a sostener que «Las Malvinas son argentinas» es apenas una consigna kirchnerista. La respuesta no se hizo esperar: terminó escrachado en una asamblea LGBTIQ+ y figurando en rankings de las cuentas más odiadas de Twitter del país. Cuando el propio ecosistema que generás termina expulsándote —como le pasó con el círculo del Gordo Dan— algo dice esa comunidad sobre los límites que ni ella misma tolera.

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Gelatina y Blender: la vereda de enfrente

Del otro lado del mapa está Pedro Rosemblat, fundador de Gelatina, con un estilo frontal pero coloquial, más cercano a la mesa familiar que al bunker de guerra. Su línea es clara: predica que el peronismo esté unido y sostiene, de manera explícita, que el odio no es un camino sostenible para construir nada. No esquiva el conflicto —tuvo cruces públicos con los canales de perfil libertario— pero lo resuelve con ironía y jingles antes que con doxxeo.

Tomás Rebord, con «Hay Algo Ahí» en Blender, construyó algo distinto todavía: un espacio donde se sentaron a debatir dirigentes de signos políticos opuestos, sin la lógica de la cámara de eco. Cuando su propio canal despidió a todo su equipo de producción en medio de un conflicto salarial, Rebord no calló: habló de persecución y armó un show en el Movistar Arena para sostener, en sus palabras, el encuentro con la gente por encima de cualquier operación. Es la diferencia entre pelear por una idea de comunidad y pelear para destruir al que piensa distinto.

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La bandera que no se negocia

Hay un termómetro que no falla: Malvinas. No es una postura partidaria más, es una herida abierta que atraviesa a la Argentina entera desde 1982, más allá de a quién se vote: los 649 caídos, los excombatientes, los abuelos que le explicaron el mapa a sus nietos con el archipiélago pintado del color de la bandera. Es de los pocos consensos verdaderamente transversales que le quedan al país. Y por eso mismo, cuando Marco Palazzo sale a decir que «Las Malvinas son argentinas» es apenas «un slogan de los kirchneristas», no está dando una opinión más entre tantas: está vaciando de sentido un reclamo de soberanía que ni siquiera la mayoría de su propio electorado estaría dispuesta a discutir. Relativizar Malvinas para marcar diferencia con «el relato» no es transgresión, es cinismo con bandera ajena.

La foto que desmiente a Palazzo la pusieron, justamente, los que menos ganas tenían de hacer política: los jugadores de la Selección. En pleno partido contra Inglaterra por este Mundial 2026, el plantel desplegó una bandera con la consigna «Las Malvinas son Argentinas», un gesto que no necesitó micrófono para entenderse y que además generó una ola de reacciones hostiles desde afuera, alimentando esa suerte de campaña antiargentina que se vio en las redes internacionales durante todo el torneo. Ahí quedó expuesto, en un solo cuadro, lo que separa a los dos discursos: unos ponen el cuerpo y la camiseta para sostener una causa nacional frente al rival histórico, mientras un influencer alineado con el oficialismo la reduce a chicana de café. No hace falta ser peronista para entender de qué lado está parado el sentido común del país.

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El hartazgo que ya se empieza a notar

Después de más de dos años de topadora, algo se está agotando: la tolerancia de la propia gente al griterío permanente. El Diagnóstico Cuantitativo Nacional de la consultora TresPuntoZero, de marzo de este año, mostró que el 68,1% de los argentinos define a Milei como una persona «muy agresiva» y que al 57,4% directamente «ya le aburre» su estilo. No es un dato aislado: un relevamiento previo del OPSA junto a la Facultad de Psicología de la UBA había marcado que el 65% rechazaba de plano su forma de comunicar, con la frase «no me gusta nada» como respuesta mayoritaria. Hasta el Wall Street Journal, que no es sospechado de kirchnerista, publicó que el mismo trolling que impulsó su ascenso hoy le juega en contra y erosiona a su propia base.

La lectura es simple: la agresividad funciona como sorpresa, pero no como costumbre. Un discurso que solo sabe pegar y señalar tiene fecha de vencimiento, mientras que uno que apela a lo que se comparte —el barrio, la joda, la bandera— se sostiene en el tiempo porque no necesita un enemigo nuevo cada semana para justificarse.

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Justo es decir que el costado libertario tiene su propio relato, y conviene exponerlo sin caricaturizarlo: se presentan como la voz sin filtro contra una «casta» mediática que, según ellos, monopolizó la conversación pública durante décadas y nunca les dio lugar por las vías tradicionales, y sostienen que la Argentina necesitaba precisamente eso, un exabrupto que rompiera con los modos de la «gente bien» que —dicen— disimulaba sus privilegios con eufemismos. Tampoco hay que hacerse los distraídos puertas adentro: en el streaming peronista existen cruces filosos y bajadas de línea que no siempre son amables —Rosemblat también supo tirar dardos pesados contra los canales de la vereda de enfrente, y no todo el humor de ese lado es inocente—. Y es cierto que meter en la misma bolsa a los diez millones de argentinos que votaron a Milei con los excesos puntuales de Palazzo o de Las Fuerzas del Cielo sería, en el fondo, el mismo pecado que se le critica al trolling libertario: simplificar al que piensa distinto hasta convertirlo en caricatura.

Dicho esto, hay una diferencia de magnitud que ninguna relativización alcanza a disolver: una cosa es una interna picante entre streamers que compiten por rating, y otra muy distinta es un aparato con denuncias penales por incitación al odio, capaz de reivindicar el nazismo o de poner en duda la soberanía nacional para diferenciarse. Ahí ya no se discuten formas, se discuten límites.

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