La casta siempre es el otro
Javier Milei construyó buena parte de su identidad política repitiendo una idea simple y efectiva: la “casta” vive del Estado, acomoda a los suyos y convierte los cargos públicos en premios para la lealtad. Esa denuncia, en un país acostumbrado al amiguismo, pegó fuerte porque conectaba con un hartazgo real.

El problema aparece cuando el método que se condena empieza a parecerse demasiado al método que se practica.
En Mar del Plata hay un documento oficial que, como mínimo, abre preguntas incómodas. Se trata del Decreto N° 268 del Departamento Deliberativo de la Municipalidad de General Pueyrredon, fechado el 11 de diciembre de 2023, donde se dispone la designación de personal para el bloque de concejales “CREAR MÁS LIBERTAD”. En el listado, figura David Urbani designado como “Auxiliar Administrativo” a partir del 10 de diciembre de 2023.

Hasta acá, el papel dice eso: una designación en la estructura de un bloque político. No “prueba” por sí solo un delito ni certifica que el trabajo sea inexistente. Pero cuando el nombre en cuestión es el de un militante muy visible en redes, cercano al universo libertario, el hecho deja de ser una formalidad burocrática y se vuelve un símbolo: ¿no era justamente esto lo que se criticaba?
El doble estándar como política
El Milei que grita contra “los ñoquis” no puede convivir sin costo con un Milei (y su ecosistema) que se beneficia de la lógica de siempre: sostener militancia con recursos del Estado, blindar lealtades con nombramientos, poblar oficinas con nombres “propios”.
Porque ahí está el punto: la casta no es un partido; es un modo de operar. Y cuando el modo se replica, el discurso se vuelve marketing.
La pregunta que debería responderse es básica y sana en democracia:
- ¿Qué tareas cumple Urbani como auxiliar administrativo?
- ¿Cuál es su horario, su lugar de trabajo, su esquema de control?
- ¿Qué antecedentes y experiencia justifican la designación?
- ¿Fue un proceso abierto o un nombramiento directo por pertenencia política?
Si todo eso existe y es verificable, el caso se explica con transparencia y listo. Pero si se evita responder, si se apela al “todos lo hacen”, si se pide fe ciega mientras se exige austeridad al resto, entonces el mensaje es claro: el ajuste es para abajo; los premios, para los propios.
El Estado que “sobra”, salvo cuando sirve
La contradicción libertaria más frecuente es esta: se promete dinamitar el Estado, pero se lo usa cuando conviene. Se denuncia el gasto público, pero se acepta el sueldo público. Se acusa al sistema de acomodos, pero se entra por la misma puerta lateral.
Y esto no es un detalle. Es el corazón de la discusión: ¿venían a cambiar las reglas o a cambiar de jugadores?
Porque si lo que se está viendo es que el “anti-casta” termina armando su propia mini-casta —con sueldos, cargos y blindajes—, entonces no estamos ante una revolución moral: estamos ante la renovación estética de un vicio viejo.
Lo mínimo que debería pasar ahora
Si el gobierno y su espacio político quieren sostener la bandera de la transparencia, no alcanza con tuits ni con slogans. Hace falta:
- Publicar funciones, responsabilidades y modalidad de contratación de los designados en bloques y dependencias.
- Rendir cuentas: asistencia, tareas, producción administrativa real.
- Impulsar reglas claras para terminar con la “lista de premios” en el Estado: concursos, perfiles, trazabilidad.
Porque si el relato anti-casta termina justificando “los nuestros sí”, la promesa se rompe sola.
Al final, el problema no es un nombre propio. El problema es el mensaje: cuando el poder llega, el discurso se prueba. Y si el “modus operandi” se parece al de aquello que se criticaba, entonces la casta no se fue: se mudó de camiseta.
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