Carta de Kicillof a Milei

En definitiva, más que una carta, el escrito de Kicillof funciona como un espejo para el gobierno de Milei: muestra lo que está pasando detrás de los indicadores macroeconómicos y señala lo que está en riesgo si la política deja de ser sensible.

3f1b9253-dc87-40ee-abbc-f1d9e3ca38f8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0-1024x576 Carta de Kicillof a Milei
El gobernador
Axel Kicillof encabezo este
lunes una conferencia de prensa
en el Salón Dorado de la Casa de
Gobierno.

La carta de Axel Kicillof al presidente Javier Milei no es sólo una crítica política convencional: es una advertencia exacerbada sobre los costos sociales de una gobernabilidad que promueve el ajuste como solución. En sus líneas, Kicillof expone la urgencia de una economía que no espera; habla de jubilados que pierden cobertura, obreros que pierden empleo, pymes que cierran y provincias que sienten el olvido del Estado central. Su tono es severo, directo, sin giros diplomáticos: “Usted gobierna para todos los argentinos”, le dice, y le recuerda que la realidad cotidiana no admite excusas de mercado.

En ese llamado, Kicillof exige algo más que respuestas técnicas: reclama un diálogo genuino. Le dice al Presidente que el silencio ante la recesión, la caída del consumo, la paralización industrial y la vulnerabilidad social no es estrategia inteligente, es omisión. La carta subraya que las reformas prometidas no pueden disfrazar la pérdida de derechos, ni hacer del ajuste un mantra sin rostro humano. Hay una frase que resume la tensión clave: “Los argentinos la están pasando mal… usted no puede permanecer indiferente”. No es apología del conflicto sino advertencia de que la gobernabilidad sin legitimidad social se vuelve débil.

También plantea un reclamo federal explícito: la exclusión de gobernadores que han sido elegidos democráticamente —y que representan más del 40 % del país— es un error político y una fractura institucional. Kicillof pone sobre la mesa lo que muchos sienten: que el ajuste se convierte en centralismo, que la austeridad puede devenir en desinversión concreta, y que la idea de “superávit” puede calcificarse sobre los recursos de las provincias. Su carta es un acto de política grande, más allá de lo partidario: habla de construir país, no de vencer adversarios.

Por último, el mensaje contiene una dualidad fundamental: ofrece apertura al diálogo, pero sin concesiones en el origen. Kicillof no se presenta como leal seguidor sino como interlocutor firme: “No espero insultos ni agresiones, pero tampoco cederé en defensa de mi provincia o de mis convicciones”, escribe. Y esa ambigüedad funcional —llamada al entendimiento, advertencia de resistencia— da cuenta de un contexto político donde los ejes son profundos: el poder económico, la distribución de recursos, la gobernabilidad en clave popular.

En definitiva, más que una carta, el escrito de Kicillof funciona como un espejo para el gobierno de Milei: muestra lo que está pasando detrás de los indicadores macroeconómicos y señala lo que está en riesgo si la política deja de ser sensible. En un momento de alta exigencia social, la gobernabilidad se mide no solo en números sino en personas. Y la carta deja claramente la pregunta: ¿gobernar para todos o gobernar para unos pocos?

Nota por: Tomás Roth

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